Diego, o aquel barquito que nadie dio puerto


Una reseña de Ceniza en la Boca de Brenda Navarro

Desde las primeras páginas de la novela Ceniza en la boca, Diego grita al
lector. Su muerte nos hace volver en nosotrxs, dejamos el libro pero no lo
cerramos, miramos por la ventana y escuchamos las voces de nuestrxs
vecinxs: – “Mamita, no te preocupes. Por la casa, todo bien… Antes no te pude
responder porque tenía el teléfono apagado, lo siento mamita.” Al frente no
más, sale de una tienda una persona que, apurada, mete las bolsas de
chupetines a su mochila. Entre dientes, ensaya el monólogo que dará en el
metro.
La novela abre con la muerte de Diego. Como si fuera un casete roto, los
pensamientos de su hermana rebobinan hacia su suicidio. Ella intentará dar
sentido a lo que ha ocurrido y lo hace rebuscando en su pasado en Ciudad de
México, Madrid y Barcelona. El libro consigue recrear las problemáticas que
atraviesan al migrante latinomericanx haciendo hincapié en las infancias y la
maternidad.
“A ver, vamos a ver. Siéntate. Tienes que ser una mujer fuerte, porque ya eres
una mujer, ¿verdad que sí? Sí, sí lo eres. Me voy a ir y ustedes se van a
quedar, pero no para siempre” Con estas palabras escuchamos por primera
vez a la madre de la protagonista. Una de las realidades de la migración es que
muchas madres se ven obligadas a salir de sus países, buscando un futuro
mejor para sus hijxs. A la vez son las hijas o las abuelas quienes se ven
obligadas a responsabilizarse de la familia, mientras la madre es quien cuida
los padres, madres, e hijxs de los demás.
La autora nos representa un modelo conflictivo de maternidad. La madre se
muestra muchas veces como manipuladora, dictatorial y hosca, provocando el
resentimiento de lxs hijxs. Sin embargo, leyendo entre líneas nos damos cuenta
de su resiliencia en un país extranjero. No se nos da a conocer su nombre o
qué le gusta hacer en los días libres, porque antes de entenderla como
persona, la leemos como madre. Hasta la llegada de su hija, es la única fuente
de ingreso para la familia de forma que continuamente la vemos cansada
recién llegada de trabajar. Precisamente, sus gestos de amor se basan en lo
monetario y transaccional: “Y pensé en mi mamá y todos esos años que seguro
ella también tuvo que pagar la deuda y mandarnos dinero porque pedíamos
cosas.” Cuando se llega a España, muchas madres y padres se someten a
trabajos inhumanos por sus hijxs, para llenar la nevera, pagar las clases de
inglés, darles los juguetes que ellxs nunca pudieron tener de pequeños…
Desgraciadamente, dan toda su energía vital para ello, llegando a casa sin un ápice de ganas de jugar con sus hijxs. Un día llegarán, y sus hijxs serán
quienes les alcance los platos del cajón de arriba.
En cuanto a la hija, vemos cómo repite, irremediablemente, las mismas
acciones de su madre. Se ve obligada a asumir la responsabilidad de cuidar a
su hermano dejando su propia infancia en segundo plano y asume tareas para
las que no estaba preparada. Además, cuando llega a España, debe renunciar
a continuar con sus estudios para apoyar financieramente a su madre. Con
ello, se ve encerrada en un círculo de trabajos precarios donde mayormente se
dedica al cuidado de personas mayores. De esta forma, Diego se convierte en
su única esperanza: ella y su madre cubren todos los gastos para que él pueda
romper ese ciclo de pobreza. La muerte de su hermano es la gota que colma el
vaso. Los continuos abusos soportados y, también, cometidos por la espera a
que llegue algo mejor, dejan de tener sentido: ¿Hacia dónde me dirijo? se
pregunta a sí misma.
El benjamín de la familia, Diego, va a ser quien desate la narración: “Ya no era
ese Diego, ya era ese otro Diego que ya no conocí y que ya no pude conocer.
Diego echándose a correr enfrente de nosotras, de mi mamá y de mí, en
nuestra cara, se nos está yendo, y nosotras lo dejamos correr muy lejos,
creyendo que, a pesar de todo, él no tenía otro lugar adónde ir sino a nosotras
(pp. 99).” A una corta edad, comienza a ver cuál de injusta es la realidad: la
migración de su familia resulta un esfuerzo fútil ya que esa mejor vida nunca ha
llegado, los secuestros y muertes de Ciudad de México han sido sustituidos por
una violencia silenciosa con unas jornadas de trabajo esclavistas, es
continuamente acosado y víctima de racismo por la policía o sus compañeros
de clase. Desde los ojos de su hermana, vemos cómo para él, no hay un lugar
mejor donde poder escapar. Ciudad de México, Madrid y Barcelona, todo es lo
mismo. Frente a este pozo de desesperación, sus familiares no lograron
prestarle la ayuda necesaria para salir o recurrir a ayuda externa. Ante la
frustración e ira, se retuerce contra los demás y contra sí mismo hasta llegar al
suicidio.
La migración es un derecho fundamental de toda persona. Sin embargo, esto
solo parece ser aplicado a quienes son privilegiados. Son muchas las
empresas europeas extractivistas que son recibidas con los brazos abiertos,
pero son menos las personas que pueden cruzar el Mediterráneo(y no en avión
precisamente). Una vez hemos llegado a la ciudad de destino, nos
encontramos con muchas dificultades que nos marginaliza de las comunidades.
Esta novela hace un retrato de estas situaciones, aunque no se quiere quedar
solo ahí sino que nos dan personas que resisten, luchan, se unen como la
asociación de las primas, la amiga inseparable de la madre, la propia familia
protagonista…

Esta reseña forma parte de Letras Desplazadas: O cómo entender la migración a través de la literatura.